Nos ha dejado también las historias más memorables del cine español, y del cine europeo. Sería aburrido recordar que trabajó con los mejores directores españoles como Luis García Berlanga o Fernando Trueba, pero también con los peores, como Carlos Saura y “Tetas” Luna. Sería un coñazo también hablar de sus películas fuera de España, especialmente con el italiano Marco Ferreri, para quien escribió geniales secuencias de humor negro.

Dicen que reflejaba muy bien la España tradicional, que su humor era tan realista que se volvía surrealista, como este país de locos. Pero lo que no se dice es que de tanto escribir sobre España, España acabó asemejándose a sus guiones.

No es divertido

Pero hablar de esto no es divertido; no es lo Rafael hubiera querido. Él siempre estuvo sentado en la última fila de la clase, para no llamar la atención. Era el alumno que soltaba el chiste solamente a los compañeros que estaban sentados a su lado para pasar desapercibido. Y en la última fila de la iglesia, a la que dio unas buenas hostias (y con razón) a lo largo de toda su obra pero con especial ironía en los años del franquismo. Es sorprendente apreciar como sus críticas eclesiásticas lograban escapar a la cesura franquista. Para colmo nos dejó un domingo de resurrección. Qué cabrón, irónico hasta en su último suspiro. Insuperable.

Al final de su carrera, le llegó el reconocimiento, del que nunca ostentó y que aceptó sin más. Ni menos. Ganó 5 Goyas y su historia de líos amorosos y pilladas varias en ”Belle Epoque le dio el Oscar a esta película en 1993. Sin darse cuenta, hizo grande la profesión del guionista, hoy en día tan mecanizada y sujeta a las exigencias del mercado.

Nos dejó un artista, un cómico. El último artista independiente que se rió de la vida hasta el último día, hasta el último llanto, hasta la última secuencia de su película.